EL QUINTO PATIO – Guatemala profunda

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Por: CAROLINA VÁSQUEZ ARAYA

El cinismo del mandatario no tiene límites. Su mensaje a la Nación del domingo 23 de agosto fue un llamado a la violencia, justo en un momento de enorme tensión social e inestabilidad política. Pero eso no es todo, la intención de dividir a la ciudadanía llevaba una dedicatoria explícita a esa “Guatemala profunda”, ese pueblo mayoritariamente indígena y rural asentado en la base de la pirámide de los privilegios, ese contingente humano privado de todo derecho, precisamente por culpa de la corrupción y la discriminación de los políticos en el poder.

Llamar a la Guatemala profunda a defender a un gobierno comprobadamente corrupto es un acto de extrema perversión, así como pretender arrojarlos en una espiral de odio, la misma estrategia ya conocida de este general cuyo protagonismo en las masacres, persecución, exilio y desarraigo de los pueblos indígenas —ante quienes clama por ayuda— es por todos conocido.

La Guatemala profunda llegó el jueves 27 a las puertas del Congreso, en la representación de los 48 cantones de Totonicapán, y fueron rechazados por los aliados de este funcionario que a duras penas se sostiene en el poder Ejecutivo. La directiva del Congreso, sin el menor escrúpulo, vedó el ingreso de las autoridades indígenas a su propia casa, la casa del pueblo. Esa actitud de desprecio y discriminación ha sido la tónica constante de una administración marcada por la violencia y el racismo, la corrupción y la ausencia de programas de desarrollo.

La Guatemala profunda estuvo también en las calles, en los caminos, en los barrios marginales y en las zonas residenciales. Estuvo en las universidades, los sindicatos, las organizaciones civiles, y su determinación de expresar su rechazo a las actuales autoridades sonó fuerte y clara frente a la casa de Gobierno, demostrando que esa Guatemala profunda abarca mucho más que a un sector pobre y marginado. Las manifestaciones del jueves 27 no fueron un mero ejercicio de participación, lo vivido durante esa larga jornada fue una demostración de poder ciudadano como hacía mucho no se veía.

Es hora de que los funcionarios, cuya autoridad se ha perdido en medio de componendas, sobre facturaciones, compras sin licitación, comisiones por debajo de la mesa y robos del erario nacional, comprendan que no hay una Guatemala profunda de su lado. Esa Guatemala profunda a la cual aluden con tal soberbia se cansó de las mentiras, se agotó por falta de apoyo, de justicia y de políticas públicas diseñadas para satisfacer sus necesidades básicas, comenzando por la salud y la educación.

Otra de las lecciones de la jornada de protestas fue un giro rotundo de la juventud hacia una forma de participación activa y propositiva, pero no a nivel de círculos aislados, sino como una fuerza viva capaz de incidir en el rumbo de su propio destino. Este despertar debe constituir una señal de alerta para aquellos políticos acostumbrados a hacer su voluntad y reírse de una población aletargada —que ya no existe más— mientras disfrutan de privilegios tan inmerecidos como ilegítimos.